El códice está formado por un conjunto de hojas rectangulares de pegamino, de papiro o de ppel que se pliegan formando cuadernillos para escribir sobre ellos, los cuales se protegen mediante la encuadernación.
En Roma los cuadernillos se denominaban duerniones, terniones, cuaterniones o quinterniones
según el número de hojas contenidas antes de plegarlas. Como lo regular
era que se formaran cuatro (ocho plegadas) ha quedado el nombre de cuadernos (quaterni) para designar los ejemplares pequeños, aunque dispongan hoy de mayor número de páginas.
El papiro, producido en Egipto
desde hacía miles de años, se utilizó esporádicamente para la
confección de códices en los siglos IV y V d. C, aunque se continuó
usando como "material venerable" para algunos documentos solemnes
durante la Alta Edad Media.
Cuando se fabricaban códices de papiro, éste necesitaba reforzarse por
el lomo para evitar su fácil ruptura; las hojas de papiro sólo se
escribían en una de sus caras (textos anapistógrafos).
En su Historia Natural, Plinio cuenta que el pergamino se originó en la ciudad de Pérgamo en época de Eumedes II
(195-158 a. C.), de donde habría tomado el nombre, aunque hallazgos
como los de Dura-Europos hacen dudar de esta afirmación. Los
especialistas consideran que la aportación de Pérgamo debió consistir
más bien en el perfeccionamiento de las técnicas de fabricación. El formato del codex tenía su antecedente en los polípticos o tablillas de cera.
El pergamino era más caro que el papiro debido a que se necesitaban
varias pieles para un solo libro, lo que suponía el sacrificio de varios
animales. Sin embargo, el pergamino poseía muchas ventajas: era menos
quebradizo y más resistente, podía doblarse (lo que hacía los libros más
manejables), podía lavarse y podía rasparse (lo que facilitaba las
enmiendas de errores), podía coserse (lo que permitía la encuadernación y
su mejor conservación) y podía escribirse por las dos caras en hojas opistógrafas(lo
que ahorraba espacio).
Estas ventajas técnicas y prácticas acabarían
por imponerse sobre el papiro y los tradicionales libros copiados en
forma de rollo. Además, algunos de los ejemplares más lujosos se
hallaban teñidos de color oro o purpura y sus encuadernaciones podían tener incrustaciones de materiales precosos, como joyas engarzadas o tapas de oro, plata o marfl trabajadas con relieves.
Durante los siglos I y V d.C convivieron las dos formas de libro (el
rollo y el códice). Durante los primeros siglos de dicha convivencia,
los códices de pergamino que se vendían en Roma solían ser libros de
pequeño formato o cuadernos de pergamino mal preparados que transmitían
textos menores o de carácter efímero, a excepción de algunos textos
literarios, como los Epigramas de Marcial,
pero a partir del siglo IV los cristianos adoptarán el códice de
pergamino para transmitir su nueva literatura religiosa, siendo ésta
otra de las causas que explican el éxito del códice de pergamino frente
al tradicional rollo de papiro. El formato del codex se inspiró en los polipticos o tableta de cera (tabillas de cera) de la Antigua Roma:
varias tablillas de madera, unidas mediante argollasque estaban
recubiertas por una capa de cera sobre la que se podía escribir con
ayuda de un punzón llamado stilus (estilo o estilete).
Durante la Edad Media la forma de libro por excelencia fue la del códice de pergamino o de papel y tras la invención de la imprenta en el siglo XV se siguió utilizando hasta la aparición de los libros electrónicos en la era digital.
Actualmente, se reserva el término códice para referirse a los libros manuscritos de este formato anteriores a la invención de la imprenta
y a los libros lujosos o de buena factura que siguieron copiándose a
mano tras la difusión del arte tipográfico en el mundo occidental. La
ciencia que estudia los códices se llama Codicología.
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